Basta cerrar los ojos para herir tus labios
con el color de una palabra
y ver que el dolor se esfuma
por la quietud del tiempo como una sombra
que se deshace
con las caricias del sol.
Sonrisas como labios
caen
por la comisura de las bocas
mientras las penas fluyen por las arrugas del tiempo.
Una mano descarnada
se alarga hasta el atardecer
como queriendo atrapar entre sus nudosos dedos
el calor que huye. Y todo el dolor de la tarde
estalla en unos labios.
© Julio Noel
De Estallidos de dolor
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