Un alarido embargó el ancho de la noche.
Iba colmado de lejanía y soledad,
de cándidos miedos y silencio ausente.
Sus colmillos se clavaron en la herida del dolor.
Una lágrima hirió la blancura de la inocencia
que se posó en la suavidad y ternura
de una flor.
Mis oídos ya no oyeron
la luz del alba
cuando se estrelló en
la línea de mis labios.
© Julio Noel
De Estallidos de dolor
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