Crucé el muro de silencio de mi infancia
y caí al abismo del dolor.
En el espacio sin límites
hallé una ausencia que me miraba
con ojos sin rostro.
Su mirada era un látigo
que tatuaba mi piel a sangre y fuego.
Su mirada era un látigo
que esculpía su crueldad en mi cuerpo.
Risas malvadas escuché en noches de insomnio,
risas que subían por las paredes del sueño
hasta helar mi corazón
y roer el frío de mis huesos.
Mi inocencia se hundió en un infierno
de dolor y de miedo.
© Julio Noel
De Estallidos de dolor
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