Era la hora de la tristeza.
Unos ojos cansados miraban la carretera
por donde no venía nadie.
Sólo el viento aullaba en la apatía de los cristales.
Era la hora de la tristeza y el dolor.
Era la hora de la soledad.
A lo lejos, en las ciudades, el tiempo se detenía,
el tiempo no era de nadie,
sólo una mueca de dolor caía
en la mirada cansada
que se perdía
en la apatía
de los cristales.
Era la hora de la tristeza y el dolor.
Era la hora de la soledad.
Y no venía nadie.
© Julio Noel
De Estallidos de dolor
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