Era la hora del silencio.
Miré al espanto del mar
y vi una sonrisa que se hundía en la ausencia del tiempo.
Una mano quiso tocar el perfume de sus labios
y se deshizo en el murmullo de las olas.
El ocaso se precipitó sobre el susto del mar
para ocultar su asombro.
El graznido de una gaviota se estrelló en los acantilados
y todo a mi alrededor se llenó de dolor.
Era la hora de la quietud del mar,
pero el mar no estaba quieto.
Una gaviota atravesó los gemidos del aire
y se llevó consigo el estallido del silencio.
© Julio Noel
De Estallidos de dolor
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